Historias breves de un pino

 

Matusalén

No recuerdo con exactitud en que momento abrí mis ojos por primera vez, y digo “ojos” para que me entiendan, ustedes saben perfectamente que no poseo tal cosa, a decir verdad no estoy seguro de como soy capaz de ver en primer lugar, pero así es guste o no. Tengo exactamente 259 años, cuatro meses, doce días, y nueve horas de existencia, no es mucho teniendo en cuenta lo que he escuchado viven normalmente mis hermanos los «Pinus longaeva» – pertenecientes a la familia de las pináceas – de una jovencita con lentes violáceos que hace ya algunas décadas venía a visitarme y a llevarse consigo algunos trozos de mi corteza sabe dios para qué. Creo que no tenía muchos amigos ya que se la pasaba conmigo, leía recostada en las partes más cómodas de mi tronco o sentada en alguna de mis enormes raíces. Algunos días creo que dependiendo de su humor, lo hacía en voz alta, y podía descubrir de qué se trataban algunas de sus lecturas y cuáles eran sus gustos. Fue obvio para mí descubrir que la mayoría eran trabajos de investigación, libros de historia, geografía, arqueología o biología.

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Alter ego

 

Lunes 5 de junio de 1977, 10.45 am

 

Si hay algún motivo por el cual me encuentro escribiendo esto, es tal vez porque en el fondo de mí ya cansado y viejo corazón, espero poder salvarme del horrible destino del cual he sido víctima. Aunque para ser franco, no tengo grandes esperanzas, he hecho hasta lo imposible para liberarme de este tormento enfermizo, y al mismo tiempo, llega un punto en la vida de un hombre en que es menester saber cuándo rendirse, saber cuándo es momento de aceptar su final por muy amargo que este fuera.

A veces me pregunto que fue exactamente lo que hice para que mi historia merezca este desenlace. No estoy libre de pecado ¿Qué clase de hombre estúpido lo estaría?, la vida es una oferta limitada, no hay que desaprovecharla y confió plenamente en que no lo hice. De hecho, hace no mucho terminé de escribir mis memorias, en ellas narro las múltiples dificultades pero también picardías de las que fui protagonista, recordando con té de limón y una cálida sonrisa todo lo que aprendí y todo lo que fui capaz de superar.

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Continuación

 

Hablar sobre mi profesión no es algo que me moleste, tampoco es algo que me emocione, pero no me genera indiferencia. Soy más bien ecuánime a la hora de parlotear sobre el bello arte de afilar cuchillos.

Allá en el tiempo, donde todo se veía blanco y negro como perro, los autos no ensordecían y tapaban el canto de los pájaros con sus bocinas en la gran vía, aquella que comunica a los distintos barrios de nuestro – Que digo nuestro si esta ciudad es de todos – hermoso Madrid, y donde también los hombres gozaban de un vestir más tradicional con sus sombreros Fedora y sus enormes periódicos los cuales leían mientras caminaban…mi profesión era antes respetada y por sobre todas las cosas, necesaria, y no en el sentido superfluo sino en el honesto, el respetado. Necesidad, la madre de todos nuestros impulsos, siendo el padre de estos, la pasión.

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Mis inquilinos

 

Mi nombre es Abdel y tengo 65 años. De pequeño, muy pequeño, pequeño en el sentido de que no tengo recuerdos de aquellos tiempos, mis padres se mudaron de las lejanas tierras de medio oriente hacia américa, con el fin de poder cumplir sus sueños, o al menos poder gozar de tener un plato de comida sobre la mesa, cualquiera de las dos opciones estaba bien, no iban a quejarse.

Luego de un largo, muy largo, demasiado largo viaje en barco, nos instalamos en el estado de Nueva York, más específicamente aquí, en el distrito de Brooklyn. Al principio el trabajo era difícil de encontrar, se escabullía, era rápido e inteligente, sin mencionar que mis padres no eran sus únicos “cazadores”. Durante aquellos años (Aunque hoy no es muy distinto) la ciudad era una jungla repleta de deprimentes individuos que buscaban el bien de sus familias a cambio de levantarse a horas absurdas para volver a sus estrechos hogares cuando el sol hacía rato ya se había escondido.

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Cartas de hace un siglo

 

8 de octubre  de 1908

Querido Belmont,        

                                He pensado mucho en ti últimamente, y con últimamente, no me refiero a desde el día en que te hice de mi última carta, sino al día, en que te conocí en la “des Enfants Rouges”, ¿Lo recuerdas verdad?, es curioso como siempre nos salteamos ese encuentro cuando tomamos papel y tinta y nos desnudamos en base a la palabra, porque nos ponemos nostálgicos, porque a pesar de tu favor hacia mí, fuimos desconocidos y nos tratamos aquella vez como desconocidos, porque nos avergüenza la ropa que en ese entonces presentábamos debido a nuestros orígenes, ropa humilde y monocromática, escasa de colores ergo vida. Nuestros orígenes, tiempos en que me preguntaba si me gustaban los hombres altos o exitosos, nuestros orígenes, épocas en que me preguntaba si a los hombres les gustaban las mujeres pequeñas e introvertidas y me miraba en el espejo de mi madre que fue de mi abuela, que fue de mi bisabuela, y me calzaba los zapatos de tacón parisinos, reliquia de mi familia. Preguntándome porque mi sexo no podía obtener los mismos beneficios y tratos que el tuyo y vestirme como quisiera, sentada allí en la oscuridad, triste de no poder encontrar respuesta, creyendo de que estaba siendo víctima del “Los niños no entienden de esto” como decía mi padre, junto a la concordancia de mi madre con sus labios cerrados y la vista baja.

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El palanquín rojo Falun

 

Trabajaba de lunes a viernes de 7 Am a 4 Pm, o más bien de 8 Am a 3 Pm, ya que le gustaba considerar que su horario era el primero, porque contaba en su agenda el tiempo de viaje que tenía desde la estación subterránea Pankow hasta Bundesplatz más otros 15 minutos de caminata hasta su oficina en la funeraria. Le gustaba su trabajo, pero no por el típico motivo cliché de las películas en que alguien que trabaja en un lugar así consigue tranquilidad y poca relación con los demás, o por algún motivo dantesco como poder trabajar con muertos. Sino, por la simple y honesta razón, de creer que su empleo, su labor en esta vida, era dirigir el velorio de los fallecidos. Se sentía como pez en el agua, se le daba muy bien la organización del evento, aunque no entendía porque encauzar un acontecimiento así – Triste pero importante finalmente – no era más valorado por la sociedad, como organizar un cumpleaños o una boda.

La vida de Andrea era bastante rutinaria. Dejando de lado el hecho de que siempre tenía que explicar que su nombre en su país de origen paterno era también de género masculino y que en reiteradas oportunidades tenía que deletrearlo – Sin saber explicarse el por qué – cada vez que debía revelar su completa identidad, su día a día era – Y sin ofender a quienes tienen un parámetro distinto – aburridamente normal.

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