Continuación

 

Hablar sobre mi profesión no es algo que me moleste, tampoco es algo que me emocione, pero no me genera indiferencia. Soy más bien ecuánime a la hora de parlotear sobre el bello arte de afilar cuchillos.

Allá en el tiempo, donde todo se veía blanco y negro como perro, los autos no ensordecían y tapaban el canto de los pájaros con sus bocinas en la gran vía, aquella que comunica a los distintos barrios de nuestro – Que digo nuestro si esta ciudad es de todos – hermoso Madrid, y donde también los hombres gozaban de un vestir más tradicional con sus sombreros Fedora y sus enormes periódicos los cuales leían mientras caminaban…mi profesión era antes respetada y por sobre todas las cosas, necesaria, y no en el sentido superfluo sino en el honesto, el respetado. Necesidad, la madre de todos nuestros impulsos, siendo el padre de estos, la pasión.

En mis mejores años, cuando aún tenía cabello y a pesar de que más que probablemente seré tildado como lunático – Como está ocurriendo ahora mismo – nada me alegraba más que el grito de las amas de casa con cuchillo en mano mientras me perseguían y buscaban detener las dos ruedas de mi oxidada pero sabia bicicleta, el tercer instrumento más importante para todo afilador profesional, ¡Tomen nota niños! Siendo el segundo la flauta, y el primero, claro está, el grano. Mientras más alto es éste, más fino resulta en consecuencia.

Pues sí, yo iba de aquí a allá, abrigado o desabrigado según el clima, y bien peinado o mal peinado según el barrio; Arguelles, salamanca, la latina, todos ellos me abastecían de trabajo, no de ese que te hace sudar claro está, mis bolsillos casi nunca fueron muy pesados que digamos, pero si del que dignifica, puesto que todo trabajo, empleo, vocación, carrera, labor, ocupación, gestión, o simplemente como gusta decirse hoy día, actividad remunerada – Oh como han cambiado las cosas padre – hace honor a su asalariado, a veces de hecho, incluso más que las propias monedas o los billetes.

Mi día favorito de la semana era el viernes, pero no porque era al anterior al sábado, y el anterior al anterior del domingo, al fin y al cabo, todos los días yo salía con mis piedras, mi flauta, mi ánimo y mi voz, a preparar los utensilios de metal, hoy día acero inoxidable, para cortar las carnes o los panes. No, no era por ser preludio al fin de semana, sino porque los viernes, día así llamado en honor a la gran diosa Romana Venus, era protagonista de una jornada excepcional de trabajo. Todos los barrios y todas las casas, grande o pequeñas, solicitaban mi estadía bajo el sol por algunas horas.

“¿El motivo?, bastante inocente a decir verdad”

Las familias en aquellos tiempos, creían en la tradición de juntarse en la mesa el día del señor a discutir sobre todo lo que los acontecían y a insultar sobre todas las desgracias que les ocurrían en nombre de la mala suerte, que nunca en mi opinión era tan responsable como la mala disciplina misma de los hombres. Esas reuniones eran fabulosas, porque a veces se realizaban en las calles frente a los hogares, y en todas ellas había comida, y también platos, platos que solicitaban del cuchillo, facón, machete, alfanje, yatagán, daga, puñal o cualquier otro nombre que se les ocurra, yo solo he podido nombrar siete, pobre de mí me he quedado sin memoria pero está bien, porque ahora al menos entienden, ya que cuando llegaba a mi hogar los viernes por la noche, contaba con el privilegio de cenar con dos guarniciones, producto de trabajo bien ganado y sobretodo bien realizado.

En fin, todo esto que he contado hasta ahora, tal vez genere cierto desinterés para muchos, confió en que mis palabras escritas a mano – El romanticismo de la muñeca jamás será reemplazado por la frialdad de la tecnología – llegarán hasta las nuevas generaciones, al fin y al cabo, considero que es necesario para los herederos de la tierra – Esa nave espacial que se nos entregó sin manual de instrucciones según el gran Richard Buckminster Fuller – tener cierto conocimiento sobre las profesiones de antaño, las perdidas, las que lamentablemente tienen fecha de caducidad, ya que según mis últimas jornadas de pedaleo, donde me senté a descansar en más de una ocasión bajo el cuidado de la sombra en el barrio de Malasaña – famoso por sus panaderías y cafeterías y donde alguna vez recibí mi primer beso de mi hoy esposa en la plaza del de mayo – debido al poco trabajo que tenía y en el que observé con cierto remordimiento, pena, nostalgia y ternura, como los más pequeños desconocían porque iba de aquí para allá en bicicleta y con flauta y les preguntaban a sus madres tirando de sus vestidos sobre tal imagen más curiosa.

Los de mi clase estamos muriendo, no sé que será de nosotros. No estoy interesado en quedarme en casa a hablar con las paredes, no son divertidas, son blancas, húmedas y monótonas, ni tampoco pienso subirme a un barco y alejarme mar adentro mientras éste cae prisionera de las llamas.

Tengo una hija hermosa, trabajadora como su padre, cariñosa como su madre y soñadora como ella misma, porque las mejores cualidades a mi opinión, son las propias, las que conseguimos a lo largo de nuestra vida, mientras la vivimos que es desde el momento en que lloramos – Por entrar a este manicomio – hasta aquel en que regresamos a la tierra, a devolverle lo que nos dio. Ella es mi orgullo fuera de mi ocupación, pero ya es demasiado grande como para admirar mi trabajo, y en lugar de eso, admira mi persistencia, fuente y ejemplo para muchos, pero que lamentablemente solo pocos saben transmitir, y entre los cuales, con el perdón de mi arrogancia me incluyo, sepan disculpar por favor, este viejo merece cierto reconocimiento por su trayectoria.

Solo deseo para lo que viene, que por favor me toque la peor de las enfermedades, que mi cuerpo sea huésped del peor de los parásitos, ya que prefiero eso, antes que el maldito aburrimiento el más grande de los males, aquel capaz de pudrirnos el cerebro, ante el desuso de éste.

Han pasado ya varios días desde que empecé a juntar estas letras, para formar palabras para crear este escrito, y decidí, que lo que más paz me dará ya estando yo a punto de dejar de levantarme a las 8 am para comenzar a hacerlo a las 11 am, es dejar esta hoja de papel, junto a mi fiel amiga la flauta, más correctamente, flauta de pan como le gusta que le digan, escondida, pero muy escondida, en algún lugar público pero no demasiado público.

Por favor, a quien sea que se tope con esto, no intente encontrar un motivo sobre el porque estoy haciendo esto, valga la redundancia. De verdad solo quise trasmitir algunas de las tradiciones sobre mi trabajo, de mi profesión, aunque también supongo deseo despedirla de la mejor manera. Ojala algún día alguien pueda encontrar este pequeño regalo y hacerle un buen uso, no tiene por qué afilar cuchillos en bicicleta, solo me conformo con que lea estas palabras en voz alta, mientras disfruta de su bebida favorita una tarde de verano. Eso es todo.

Atentamente, (como a lo largo de toda su vida)

                                                                                                                       Yo mismo 

En un castillo pequeño de un arenero mediano de un parque grande de una plaza mayor, solo seis meses después…

Me topé con este escrito – O este escrito se topó conmigo – mientras salía de mi escuela, que en los tiempos de antaño – Intentando seguir la bandera del autor, que claramente gusta referirse a lo pasado – tenía como nombre común aquí en España, Liceo, y en donde los profesores, maestros, pedagogos, catedráticos, instructores o educadores, trasmiten conocimientos y enseñanzas de todo tipo a los alumnos, colegiales, discípulos, oyentes, párvulos, o simplemente estudiantes. Y debo decir… Que francamente no estoy muy seguro de cómo seguir alimentado esta hoja de papel con aroma a perseverancia, con nuevas palabras y otra caligrafía.

“¿Y porque te interesa hacer eso? Se preguntarán muchos”

 Debo decir – Una vez más – que además de haber leído las palabras que se encuentran encima de estas en voz alta como pide el descorazonado autor mientras bebo una copa de sangría con melocotones y canela – Descuiden ya casi soy mayor de edad – con una sombrilla amarilla cubriéndome del sol amarillo, algo en mi interior, me pide que continúe con esta pequeña obra, en donde el autor, no pudo evitar derramar una lagrima en la esquina izquierda de la segunda hoja, o al menos eso siento que es el pequeño manchón que se encuentra por allí.

No sé que habrá sido lo que provocó esa chispa, no soy un fanático de la escritura, apenas si de la lectura, y solo cuando compro un libro, que solo se da si la tapa del libro me gusta y solo cuando voy a librerías, y que es solo cuando mi hermana me toma del brazo y me saca de mis aposentos, es decir, mi habitación.

Lo he estado pensado mientras contaba ovejas en las noches, y creo que el motivo es que el autor, al que llamaré “El afilador”, explayó de forma breve pero concisa y hasta humorística, algunas de las historias de su trabajo, aquello a lo que dedicó casi toda su vida hasta su retiro, su jubilación – la cual por cierto deseo de corazón este disfrutando, al menos antes de que esa enfermedad que tanto ansia, lo apuñale – Y eso, generó cierta simpatía de mi persona hacia su vieja pero seguramente culta figura. Dicho esto, también me di cuenta de otra cosa, y es que yo, “el joven”, su persona, su servidor, tengo 17 años y aún no tengo idea de que será de mí laboralmente hablando.

Ahora bien, sé lo que muchos deben estar pensando, pero no hay forma alguna de que por arte de magia, pueda descifrar que haré con mi vida solo con la motivación y la emoción de las palabras del afilador, y no, tampoco pienso en convertirme en uno de sus herederos en esa profesión – Con todo el cariño y amor del mundo que un retirado merece, y que lamentablemente, no veo que estén recibiendo en la actualidad – pero sí, quiero al menos dedicarle unas palabras de agradecimiento – Y veremos a futuro qué más puedo hacer – ya que a punto de terminar la secundaria en tan solo unos meses, esto que ha encontrado mi hermano menor de tan solo siete años y medio en una tarde de recreación al aire libre, me ha enseñado a mí, “El joven” – Me gusta el nombre – de que ya es tiempo de decidir a qué dedicaré mi vida, la cual deseo, sea igual de longeva y gratificante como la de todos aquellos que aman vivir para trabajar, y no trabajar para vivir.

¿Cómo pienso devolverle este pequeño favor al afilador? La verdad lo he estado pensado, y creo que la mejor forma de hacerlo es mediante acciones, más que palabras. Investigaré que es aquello en lo que soy bueno – ¡Cuánta razón tenía mi padre! – y me adentraré en el mundo viviendo cada día como si no hubiese un mañana… ¡pero también! …también…Empezaré a tocar la flauta de pan…

“La que llego a mis manos junto a esta carta”

…Y con el apoyo de dos maestros muy importantes, que son la perseverancia y la insistencia, aprenderé a utilizarla, no sin antes pasar por una Lutería para que la embellezcan y después conseguir un buen maestro – De precio moderado por favor – que me instruya en los artes de este mítico instrumento, que tengo en el rabillo de mi ojo en este momento.  A partir de allí, y porque nunca están de más unas monedas, me pasearé por plazas donde la sombra abunde y tocaré y tocaré, con un sombrero de cabeza delante mío, esperando la colaboración de los más bondadosos, o de los que mejor día estén teniendo, ya que ese es un factor clave a la hora de repartir caridad y empatía.

Este es mi homenaje, mantener vivo el sonido de su instrumento, porque ese es el corazón de su profesión, y el fruto de su nostalgia, el *Fuiiiii-iiiuuuuu* y el *Fuuuuuuui* que hasta hace no mucho escuchaba por las mañanas y que a partir de ahora, seré yo el artífice de estas tonadas, y de la limosna para los que menos tienen, ya que esas monedas que mencione más arriba, serán repartidas a todos aquellos que ven al cartón como su cama, y a los diarios como sus sabanas.

No quiero que piensen de mí como alguien de buen corazón por estas palabras, al fin y al cabo, por ahora solo son eso, palabras, una expresión de nuestra imaginación. Allá afuera hay muchos héroes con historias más interesantes que ésta para contar, pero sí al menos y continuando con la pequeña pseudo-tradición del afilador, esconderé esta carta para que alguien más la encuentre y haga con ella lo que le plazca.

Si algún día, querido lector, me encuentras en las plazas, en las estaciones de metro, en las esquinas, en los puentes, en las peatonales, en los cafés, o en cualquier lugar donde percibas que el miedo y la vergüenza pueden ser inhibidos, por favor salúdame, nunca está de más confiar y conversar con un extraño, al fin y al cabo, todos somos extraños hasta que dejamos de serlos y nos convertirnos en alguien para los demás.

No se aún dónde voy a esconderla, pero ya lo pensaré más adelante, donde el porvenir descansa. Por ahora, solo me queda armarme de valor, y vivir una vida donde los pequeños gestos hagan la difer…

“A veces el viento juega una mala pasada para quienes gozan de escribir en las plazas bajo una encina, pero se quedan dormidos, disfrutando de una brisa otoñal…”

Primero que nada, creo que es menester aclarar que sucedió, porque tal vez usted, el afortunado – O desafortunado – que este leyendo esto se lo esté preguntando, y la verdad es que la única hipótesis a la que pude llegar luego de mucho pensarlo en mi despacho mientras tomaba mi café con una gota de leche, llamada lagrima por los que saben, y leía los párrafos superiores a éste y en donde la diferencia en la calidad de la letra puede notarse entre el primer y el segundo escritor, como la diferencia entre una película de Buñuel y una de…cualquier otro cineasta, es que al último dueño de estas hojas, abrochadas entre sí, el sueño le jugo una muy mala pasada y el viento decidió despojárselas.

Sea cierto o no, exactamente a las 7 de la tarde del domingo pasado, mientras me encontraba con mi hijo de tres años – Edad en la que dicen los expertos, la memoria comienza a destellar sus primeros rayos de existencia – en el parque de El retiro, y disfrutaba de la sección de cultura de “La Vanguardia”, en donde me gusta imaginarme a los periodistas encargados la noche anterior a la publicación preguntándose qué es el arte exactamente y cuáles son las obras dignas de parecer en la portada de la tapa de su sección, escuché un sonido poco común y – en lo personal – aterrador, unas hojas bailando en el viento, arrastrándose en el suelo y haciendo remolinos en el aire, hasta caer a mis pies, mis zapatos Baltimore para ser exactos.

Segundo, al momento en que tomé a las pobrecitas y me dispuse a gritar el nombre de mi hijo, el heredero de todo lo bueno y también malo que significa mi persona, partimos hacia nuestro hogar con diario en axila y hojas en mano, y comencé a leer de qué se trataba esta creación desafortunadamente afortunada.

No tardé en deducir que estaba pasando, contextualizarse es muy importante, entender dónde estamos parados también, y con quien y como compartimos los días, es vital en la vida de un adulto. Me gustaría conocer al muchacho, aquel que parece de buen corazón con probablemente el cabello despeinado y al cual además le gusta poner nombres, para animarle y explicarle, que no tiene nada que temerle al futuro.

La vida de un adulto, está llena de; problemas, retos, complicaciones, retrasos, inconvenientes, replicas, compromisos, atolladeros, y demás – No se asusten por favor, podría continuar– pero si bien esto es innegable, por cada uno de estos desafíos, llegará una dosis de algo que llamamos felicidad.

“La que nace cuando estamos dispuestos a pagar un precio”

O también puede que escuchemos a personas llamarla por sus otros nombres, como alegría, satisfacción, sésamo, placer, gozo, ajonjolí, júbilo, regodeo, o simplemente risa. Por eso, no temer joven, que la vida no es vida sin alguno de todos estos estados.

Tercero, siguiendo la tradición como dije antes del autollamado “El joven”, me pondré a mí mismo un nombre, y este será, al igual que la primer palabra de este párrafo…Tercero. Es correcto, sencillo y justo, pero lo más importante es que a mí me gusta.  Además, es también necesario, ya que sin un nombre, el gusto que mis posteriores palabras tendrán ya no será el mismo, debido a que para las personas poder encontrar algo familiar con los desconocidos, aunque sea una forma de llamarlos, es vital, ya que ayuda al mejor entendimiento entre estas . Pues bien, dicho todo esto y en consiguiente con las palabras de mis antecesores, y para que este trabajo se mantenga vivo, mi siguiente paso será hablar sobre mí mismo.

Soy un abogado, pero no uno de los que tienen relevancia televisiva – Maldito sean – No, mi rama es mucho menos atractiva ante los ojos de las personas que buscan en la televisión solo regocijo y entretenimiento luego de un día largo en un trabajo que cumple con sus deseos e ideas de una vida que valga la pena vivir. Una vez más, no, mi profesión no es digna de algo así, ya que soy un experto en la rama de la abogacía que defiende los derechos familiares.

Un día normal en mi rutina, abarca una discusión insana pero honesta con un hombre o una mujer víctima de adulterio. A veces las mantengo a un tubo de teléfono de por medio, y otra veces cara a cara con unas cinco o seis tazas de café y churros – Bendito sean – para culminar un contrato de custodia en que en muchos casos solo buscan el beneficio personal antes que el bien del niño o niña.

Es una carrera que compensa el estudio y los sacrificios si estamos dispuestos a pasar el resto de nuestras vidas forzando la vista, ya que el estudio que requiere esta licenciatura es innegable, aunque siendo justos, el estudio en si mismo es algo que no debería perderse nunca.  No fue sino el otro día – Jueves – que en una conversación sana, es decir con whisky de por medio, con un colega del rubro con el cual ya compartimos seis lustros de amistad, me reveló un dato muy interesante sobre el estudio, y su colega de trabajo, la lectura.

Resulta que, soy una de esas personas bendecidas o malditas, según el ojo con se lo mire, por la adicción o suma dependencia…de comprar libros. Historia, romance, biografías, geografía, terror, autobiografías y muchos, muchos más, reunidos en tres grupos, épica, lírica y dramática, según el propio Aristóteles.

El problema, es que casi nunca tengo el tiempo para leerlos, sumergirme en esas palabras ficticias o no de autores que casi nunca llegan a hacerse conocidos solo hasta cuando sus libros son puestos en estanterías visibles a la vista, dejando abajo a aquellos que tienen pocas posibilidades de ser comprados, porque la realidad es que las personas raramente se inclinan para ver que hay debajo de sus cinturas, hasta que finalmente lo hacen y compran libros para después abrirlos para después, debido al olor y la humedad de sus hojas, darse cuenta de que son longevos y preguntarse porque nunca habían sido leídos a pesar de su inmensa calidad.

¿Dónde estaba?…Como decía, rara vez tengo tiempo para leer por elección más que por trabajo y por lo general sufro por ello. Pero el dato que me otorgó mi colega o amigo según la ocasión, es que el acumular libros uno encima del otro hasta llegar hasta diez para así empezar a formar otra fila en una estantería al costado de mi escritorio, puede llegar a ser una buena señal.

“¿Una señal de que?”

De quizás el más puro y sano de los sentimientos humanos, la curiosidad. Los libros a mi parecer, son la fuente de la sabiduría, pero aquí hay que hacer una breve separación. Los libros leídos, abren las puertas a conocimientos y matan la ignorancia, mientras que los libros no leídos, si bien pueden dar una mala imagen, son fuente de que aún tenemos muchos por aprender y de que nuestro hambre por la cultura – Tal vez el termino etimológico más difícil de definir de la historia – aún existe dentro de nosotros.

Escuchar y razonar esto, fue una muy buena noticia para mí, no solo porque nunca está de más recibir un dato capaz de sacarnos una sonrisa para luego acompañarla con una sexta copa de Glencairn, sino porque también me dio una brillante idea relacionada con esta carta, escrito o texto, y es que además de continuar con la tradición de “El afilador” y “El Joven” – y porque me estoy quedando corto de sinónimos – Yo, “El tercero” también le pondré un nombre a este trabajo…A este amasijo bizarro de anécdotas y de diferentes caligrafías…se llamará “Continuación”.

Luego de redactar cual será mi proceder, después de hablar sobre mi persona como lo acabo de hacer, esconderé esta “continuación” en un lugar público y le pediré al receptor de este mensaje, que por favor, se tome la siguiente molestia.

“Un dato. Una curiosidad. Una historia”

Eso es lo que pido. Hagámosle a un desconocido interesante el día. Soy alguien que considera que todo tiene un porque y esta vez, es a mi parecer, que el viento no tuvo el plan de jugarle una mala pasada al joven, sino que tomó la elección de hacerme llegar estas hojas para que pueda dar el puntapié inicial a esta iniciativa.

Ahora sí, sin dar vueltas, me explicaré. Para mí los sentimientos, como el amor por ejemplo, no son algo que se transmite de persona a persona, sino que es algo vivo, que late dentro de una sociedad. Quiero que esto, mi humilde idea, funcione como herramienta para que eso suceda y barajo que la mejor forma de que así sea, es mediante una conexión entre nosotros, los seres humanos.

Es algo complejo, sin ser complejo, porque francamente tomar un par de hojas de papel dentro de un sobre – Las esconderé como es debido – Leer lo que allí se encuentra y seguir con esta tradición sin ser tradición, dejando como legado sin ser legado, un siempre dato, o curiosidad, o historia, y luego volver a esconderla para continuar con esta cadena…no es algo que tome más trabajo que pasar un día entero en una casa de correo mal adiestrada.

Si en cambio, tengo que dar motivación, y que esta a su vez sirva para dar pie a mi último párrafo. Solo puedo decir que al mismo tiempo que aprenderán de la profesión del afilador, buscarán al joven tocando su flauta, e instruirán y maravillaran a extraños de interesantes historias y futuras enseñanzas…cumplirán mi pequeño y tímido deseo, que es escribir y mejor aún…ser leído.

Solo me queda despedirme para dar pie al siguiente y preguntar en una papelería por un sobre engomado, de buena calidad y un lugar tranquilo, donde las personas de hecho, se molesten en parar, abrir los ojos y disfrutar el paisaje, algo que raramente sucede más perdiéndose de lo que de hecho, es importante, escuchar a los ancianos, educar a los sanamente inmaduros y disfrutar de los amigos.

Y quien sabe, siendo “quien” todo el mundo, en que tal vez algún día, debajo del árbol más grande, de la plaza más pequeña pero familiar de Madrid, encuentres un sobre tapado por un montículo de tierra claramente artificial y te propongas a continuar con la “continuación”.

 

Mariano Huguet

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