Historias breves de un pino

 

Matusalén

No recuerdo con exactitud en que momento abrí mis ojos por primera vez, y digo “ojos” para que me entiendan, ustedes saben perfectamente que no poseo tal cosa, a decir verdad no estoy seguro de como soy capaz de ver en primer lugar, pero así es guste o no. Tengo exactamente 259 años, cuatro meses, doce días, y nueve horas de existencia, no es mucho teniendo en cuenta lo que he escuchado viven normalmente mis hermanos los «Pinus longaeva» – pertenecientes a la familia de las pináceas – de una jovencita con lentes violáceos que hace ya algunas décadas venía a visitarme y a llevarse consigo algunos trozos de mi corteza sabe dios para qué. Creo que no tenía muchos amigos ya que se la pasaba conmigo, leía recostada en las partes más cómodas de mi tronco o sentada en alguna de mis enormes raíces. Algunos días creo que dependiendo de su humor, lo hacía en voz alta, y podía descubrir de qué se trataban algunas de sus lecturas y cuáles eran sus gustos. Fue obvio para mí descubrir que la mayoría eran trabajos de investigación, libros de historia, geografía, arqueología o biología.

Según me contó en una de nuestras típicas compartidas durante un crepúsculo, el árbol más antiguo del mundo es familiar mío. Se encuentra en el “Bosque Nacional Inyo” en el estado de California y para mi sorpresa a pocos kilómetros de aquí. Su nombre es Matusalén y resulta que el espécimen tenía 4804 años de edad desde aquella vez que la jovencita de nombre Birdie me lo reveló, hace ya muchas primaveras.

Con el paso del tiempo, sus anécdotas – Siempre interesantes – pasaron de ser regulares a excepcionales. Ya no me visitaba tan seguido, y al mismo tiempo en que yo veía los lustros pasar ella crecía a un ritmo impresionante. Su altura había aumentado, su cabello estaba mucho más cuidado, oscuro como siempre pero más brillante, su caminar era distinto, más firme y menos saltarín, y su ropa resplandecía elegancia.

 

Pero lo que más me sorprendió, fue el cambio en su voz

 

Era mucho más tenue. Donde antes escuchaba una pronunciación de palabras y términos muy agudos, ahora una lexía extremadamente más rica se imponía, cubierta de un respeto y un tono sutil que reflejaba la más absoluta seguridad en su habla. Quizás encuentren extraño escuchar esto de un árbol, pero fue un placer para mí ver su evolución, ser testigo de ella. Creo que la última vez en que disfrute de su compañía ya se encontraba en las tres décadas de edad y llevaba en mano un par de lentes que según pude apreciar eran los que usaba cuando la conocí y que por su obvio desgaste había tenido que reemplazar en más de una ocasión a lo largo de su vida. Unos lentes violetas, con los armazones gruesos y marcos con líneas angulares.

En nuestra última reunión, pude ver como enterró ese par de anteojos a un costado de mi raíz más grande con una pequeña pala. Al principio supuse que se trató del típico gesto que algunos humanos solían realizar, en el que simplemente por el mero hecho de buscar avanzar en su vida dejaban atrás algo de su pasado en un lugar al cual le tenían cierto cariño. Pero un minuto después de que terminara su trabajo, Birdie se acercó a mi tronco, trepó como pudo un par de ramas hasta elevarse a lo que supuse ella creyó era mi “oreja”, y pronunció.

 

“Mamá tenía razón sobre ti, ella supo en ese entonces que todo el esfuerzo que estaba haciendo tendría gratas recompensas en el futuro…Y así fue, Gracias por ser mi primer alumno, ahora tengo que cuidar a muchos otros”

 

Con ello, dejo apoyada su pequeña palma durante unos largos segundos, sonrió, y bajó para alejarse por uno de los tantos senderos que llevan hasta mí, donde me encuentro, en el centro de este hermoso y reconstruido lugar. A pesar de mi avanzada edad – al menos comparándome con los de su especie – fue una de las pocas personas con quien sentí cierta empatía, no tanta como para desearle éxito con una sonrisa falsa como es común entre los seres humanos, pero si para al menos sentir un poco más que la típica indiferencia de los hombres, esperando que su vida no se tope con múltiples trabas y agradeciendo su pequeño regalo que ella misma dejó bajo mis viejas raíces.

Supongo que esa empatía que sentí fue porque me recordó mucho a un miembro de su mismo género que había conocido algunos años atrás. Una mujer cuyos esfuerzos me permitieron y aún permiten disfrutar de este bello y romántico paisaje.

 

 

Zorro gris

El año era 1860 y la zona en la que me encuentro estaba totalmente deshabitaba en ese entonces de cualquier mamífero que gusta de ponerse ropa, comer sin tener hambre y matar a los suyos porque sí. Yo ya había cumplido 100 años hacia tan solo un par de meses y si bien mí altura y anchura no eran la de ahora, mi copa aún era piramidal y no ancha o deprimida como en los tiempos en que me encuentro contando esto. Los brotes cubrían mi corteza como pecas en un rostro humano juvenil y las piñas o estróbilos se encontraban por doquier, tanto en mis ramas como en el suelo que me rodeaba.

Los animales eran pocos y se las arreglaban como podían en el ambiente tan hostil en que me encontraba. La amplitud era notoria, días calurosos más noches frías, y entre las decenas y decenas de especies distintas de reptiles, aves u otros mamíferos que avistaba – Muchos de hecho encontraron refugio en mi tronco rompiendo mi corteza y mi cambium hasta llegar a mi albura – los linces, coyotes y zorros eran mis favoritos, en especial los últimos. Era curioso verlos cazar, comían de todo desde conejos o ardillas hasta insectos como arañas, escarabajos o escorpiones.

Tengo entendido según historias de trotamundos que paraban sus pequeñas caravanas a mis cercanías para descansar de largos viajes y se sentaban alrededor de un fuego bien prendido para cocinar carnes de quien sabe que animal, que los zorros eran animales sumamente astutos. En Asia, específicamente en China, los espíritus de estos animales alejaban a los hombres de sus esposas. En Japón, se los llama “Kitsune”, y sus – una vez más – representaciones espirituales no solo eran astutas o traviesas sino que también muy poderosas, y en otros tiempos en la edad media el zorro se relacionaba mucho con el diablo, debido a sus hipotéticos trucos.

También ha llegado hasta mí que estos animales tienen muchos tipos de especies distintas. Por un lado estaban por supuesto los zorros grises, los que se encuentran aquí y que tienen la fama de ser cazadores excepcionales, nadando y trepándose a los arboles como más de una vez me ha pasado. También están los zorros rojos, distribuidos por todo el mundo y que tristemente solo viven alrededor de tres años promedio, en zonas más frías por otro lado están los zorros del ártico, con un pelaje blanco y la fama de ser mamíferos muy fieles a sus parejas, me encantaría ver algún día uno de esos aunque lamentablemente mis raíces y su amor por estas tierras tienen otros planes. Y por último están los zorros del desierto, los cuales apenas he visto pero al menos puedo decir que las pocas veces en que logrado disfrutar de una risa honesta fue cuando vi por primera vez sus enormes orejas.

Disculpen si me he explayado demasiado con estos cuadrúpedos, es solo que durante los primeros años de mi existencia fueron mi principal entretenimiento, y mi alegría fue inmensa cuando una tarde como cualquier otra una pareja de ellos decidió justo debajo de una mis raíces superficiales crear una pequeña madriguera y formar una familia. Su vida es en comparación un abrir y cerrar de ojos para mí, pero poder sentir que una parte de mi ser – Literalmente – estaba ayudándolos, me dio gran gusto.

Con el tiempo, aproximadamente a las siete semanas, pude ver como esos dos pasaron a ser cuatro, con crías iguales a ellos pero con un pelaje más oscuro y grisáceo. Por lo general la madre se quedaba con las crías y el padre era el que buscaba el alimento. Tengo entendido que con los humanos una metodología similar es prácticamente norma, por lo que no me sorprendió tanto ver tal comportamiento. Algunos días los pequeños eran tan juguetones que formaban círculos alrededor de mi tronco, el cual tiene un espesor bastante ancho de unos tres metros creo, por lo que a veces los aun inmaduros tropezaban y se zafaban de mi corteza al no tener sus garras lo suficientemente desarrolladas para sujetarse.

Todo parecía ser una escena de lo más pacífica, en donde los días para mí pasaban con mayor velocidad vaya a saber uno porque, y las típicas preocupaciones de un pino – Existir y poco más – pasaron a ser secundarias.

 

Hasta que ellos llegaron

 

No recuerdo con exactitud el rostro de aquellos hombres, pero sí que llevaban sombreros de vaquero, bigotes largos al estilo rizado, botas con espuelas… Y escopetas. Habían salido de la nada, y a pesar de que mi vista puede alcanzar longitudes considerables no me había ni por asomo percatado de su presencia. La forma en que di cuenta de ellos había sido mediante una serie de disparos acompañados por los constantes ladridos de un perro, el más grande que vi jamás, un sabueso.

Pude presenciar como lentamente avanzaban hacia mí – Aunque yo no era lo que buscaban – dos con las características anteriormente descritas y uno con la tez mucho más morena y sin armas pero con un enorme saco en la espalda el cual revelaba un olor a muerto alarmante, aquel hombre parecía ser una especie de lacayo de los mataderos. Lo que querían era obvio, y les juro que hice todo lo posible para que ramas, hojas y piñas se trasformaran en cuerdas vocales con el fin de ahuyentar a mis pequeños huéspedes al menos un segundo antes de lo que ellos se percataran de la presencia de esos depredadores con armas metálicas en lugar de garras y hocicos.

Lamentablemente el peor desenlace cobró realidad, y al cabo de una pequeña persecución el zorro gris padre fue tomado de la cola con la cabeza abajo mientras se ensangrentaba y abandonaba todo su ser. Por suerte su familia logró escapar, siempre pensé – O me gusta pensar – Que el sacrificio del macho fue a su constancia y que todo había sido una distracción para poder salvar a su familia, la cual nunca más volví a ver.

Al final solo quedamos uno perro, dos cazadores, un sirviente, un zorro muerto y yo. Y lo último que recuerdo fue escuchar a uno de los susodichos cazadores decir una palabra o más bien una profesión que no supe hasta tiempo después lo horrible de su connotación.

 

“Este animal es el sueño de todo taxidermista”

 

Con ello, tiraron el despojo del pobre animal con el resto de su colección y se alejaron en búsqueda de más trofeos. Después de ese hecho, los días volvieron a ser lentos, pesados y naturalmente corrientes para mí.

 

 

Nevada

A comienzos del siglo XX las cosas habían cambiado mucho en mi entorno. En la zona ya no predominaba el dominio de animales con pelaje sino más bien de lampiños con dos piernas. Carretas de todo tipo ocupaban y transitaban los nuevos senderos que habían levantado alrededor mío maestros y jefes de caravanas decididos a dejar de ser nómades para pasar a ser sedentarios e instalar todo tipo de negocios relacionados a sus profesiones y tareas para luego justo al costado de dichos senderos levantar casas y crear uno de los primeros grandes pueblos aquí en el condado de Nevada… En el viejo oeste americano.

Fue la época de mi vida en la cual más aprendí de los humanos y sus costumbres. No son tan malos como pensé pero siguen siendo malos, buscan la evolución constante y odian quedarse quietos, pero a su vez arrasan todo a su paso, creen que el fin justifica los medios y no solo animales caen bajo sus armas sino también primos míos como los cactus, mezquites y juníperos. Todo en búsqueda de llenar sus barrigas y hacer a sus edificaciones más anchas y altas.

No tardé en descubrir que muchos árboles – algunos de los cuales conocía el nombre y otros no – terminaron en la obra más abominable jamás creada por los hombres, los aserraderos. Por suerte los primeros fueron construidos cerca de los pocos ríos que se encontraban en el estado, y el trabajo que podían realizar esos aproximadamente quince hombres en cada jornada laboral no era mucho, por lo que pocos primos eran sacrificados por semana, pero aun así… Dios, de solo pensar en el tronzado que sufrieron esos inocentes troncos hace que mis raíces tiemblen.

A pesar de todo tuve la suerte de no ser considerado para la famosísima y estupenda “elaboración de construcción de hogares” para ellos. Mis días, meses y años pasaron como siempre mientras observaba con poca alegría, mucha inseguridad y cierto interés, como los seres humanos desempeñaban sus labores y pasaban sus cortas, cortísimas vidas buscando un rumbo que por lo general no podían encontrar. Hubo una época mientras los lustros pasaban en que me pregunté porque había sido así, es decir porque nunca me habían talado cuando amaban hacerlo, amaban atacar a la naturaleza y todo aquello que según podía percibir en sus rostros les interesaba por algún motivo. Francamente jamás entendí porque yo había sido “seleccionado” para existir entre ellos…

 

…Aunque supongo que aquello, tuvo mucho que ver

 

En 1899, cuando un nuevo siglo estaba por doblar la esquina, un enorme carromato con denotaciones de clase alta estaba circulando a pocos kilómetros de mí por un camino bastante turbulento y traicionero, en donde los pozos eran la menor de las complicaciones. Era tan grande, que un grupo de seis equinos con venas gruesas en las piernas sudaban y escupían espuma por la boca para llevarla a una velocidad medianamente aceptable.

De más está decir que no eran pocas personas las que viajaban en ese medio de trasporte, no tenía idea de a donde se dirigían en principio, pero al cabo de unos minutos – Mientras mi considerable altura me permitía observar lo que estaba pasando – pude ver como dicho carro se detenía y algunos de sus integrantes tocaban el suelo con sus botas. Por su caminar supuse cual era el problema, el verdadero motivo por el cual los caballos estaban exhaustos y un detalle que hasta ahora no había mencionado… Estaba lloviendo.

Más de uno se preguntará cómo es posible que algo así suceda en un lugar como el que me encuentro, en donde el calor es tan intenso que directamente incendiaba hormigueros. Pero la realidad es que en esta zona durante una muy, muy breve época del año, el agua, los truenos, el granizo y hasta los copos de nieve eran el pan de cada día. Y en este caso, no era una lluvia común sino una engelante. En lo personal no es que fuese indiferente al clima, pero esas cuestiones fuera de mi poder – Como casi todo lo que conlleva ser un árbol – no correspondían con mis intereses ya que nada podía hacer ante los caprichos de la madre naturaleza.

Con los minutos pude ver como la tierra comenzaba a ser barro y como algunos de los hombres que habían ensuciado sus botas y que contaban con las vestimentas más humildes discutían eufóricamente entre ellos sobre como adaptarse ante la situación. Los caballos no podían continuar bajo esas circunstancias y el viento golpeaba todo el carromato a la cara. Al cabo de una breve aunque no tan breve friega, el más robusto de los hombres se acercó hasta la entrada del toldo del vehículo de cuatro ruedas gigantes y luego de discutir con un hombre que no pude al principio observar con claridad, decidieron pausar el viaje y buscar refugio.

Lamentablemente y como era de esperar, no había algo ni remoto a una cueva por esos lugares, y al ver como mis acículas se congelaban pude notar que las temperaturas eran realmente bajas. Necesitaban fuego y no había lugar para poder crearlo, seguramente contaban con armas y pólvora, pero la lluvia no daba respiro como para generar el espacio y tiempo suficiente como para poder utilizarlas. Con los minutos me pregunté si podrían pasar la noche de esa manera, no sentía particular empatía por los humanos o sus caballos, pero tampoco era un fanático de ver sufrimiento frente a mí, quería que salieran adelante pero no parecía haber indicio de algo que pueda ayudar a la caravana… O eso pensé.

Durante un segundo solo escuché un ruido fuerte, muy fuerte, demasiado fuerte. Una luz en el cielo que debe haber cegado hasta al mismísimo creador y que de pronto paralizo al tiempo. Luego, comencé a sentir mucho calor, no dolor pero si calor, y un olor bastante extraño… De pronto, pude ver con claridad que estaba pasando, en una de mis ramas más altas un chispazo o más bien un rayo había chocado con dicha parte de mí ser y la hizo volar por los aires hasta caer a pocos metros de mí. Rápidamente descubrí de donde venía ese calor.

 

Era fuego

 

Siempre me pareció extraño como los humanos cuentan con tanta suerte en este mundo. Si supieran las complicaciones que tenemos los otros millones de seres vivos que existen a diferencia de ellos se darían cuenta de lo frágiles pero afortunados que son. Y tal es su suerte que yo sin desearlo les brinde justo lo que necesitaban. Cuando notaron lo que había sucedido – Después del susto que deben haberse dado – se dirigieron a toda velocidad hacia mí, o más bien hasta esa rama mía que ya no era mía y que se encontraba incendiada.

Sus maniobras fueron simples, caballos y carromatos fueron uno y rodearon mi figura para formar una especie de circulo en donde el fuego, justo en el medio, pueda aprovecharse. Aún caiga agua por entre mis ramas pero era mejor que nada, y si la llama comenzaba a extinguirse solo tenían que arrojarle yesca o cualquier tela o prenda que pudiera alimentar un poco más su volumen. El toldo también era una preocupación, pero dadas las circunstancias debían adaptarse como podían. En cuanto a mí la verdad solo lamenté haber perdido una de mis ramas favoritas, aunque al menos puede decirse que fue por una buena causa.

Y así la tormenta al cabo de unas largas aunque no tan largas horas pasó. A la mañana siguiente reinó un silencio casi absoluto, los pájaros eran lo único que podía escucharse. No había viento y un sol tenue pero cálido caiga sobre todos. Cuando los integrantes del carromato comenzaron a salir logré contar un total de seis hombres todos con el mismo uniforme y la mitad con sombrero, eran los que había visto el día anterior, pero atrás de ellos un hombre con vestimenta blanca, bigote tipo candado y pañuelo azul, tomó la mano de una mujer con vestido largo para que esta pudiera bajar y acto seguido sujetó a un infante por las axilas hasta apoyarlo en el suelo seco, siendo el pequeño lo último vivo que se encontraba allí dentro.

Todos se dividieron – menos la madre e hijo – he inspeccionaron el lugar de arriba a abajo. No había nada llamativo en mi opinión, fueron varios los minutos en que recorrieron los alrededores buscando sabe dios qué. Hasta que en un momento, pude notar como el hombre del traje blanco regresó hacia el carromato y puso una mano sobre mi tronco. Fue una sensación muy extraña a decir verdad, por un momento sospeché que el individuo había encontrado mis ojos y quería de alguna manera cautivarme con su expresión sabia, segura, plácida y fuerte. Aun recuerdo exactamente lo que dijo en ese momento.

 

“Es un indicio de un buen lugar… Y de un gran futuro”

 

Me palmeó con firmeza un par de veces antes de darse la vuelta y buscó a sus hombres para discutir la decisión de adoptar a estos terrenos para crear todo lo que vino después. Quien diría que ese hombre era uno de los millonarios más poderosos de todo el viejo oeste… Y el cual tal vez aún hoy día siente que tiene una especie de deuda conmigo y que su forma de devolverme el favor por mi rama es dejando que mis raíces crezcan con libertad mientras sus nietos pueden correr libremente en el pequeño parque que fundaron conmigo en el centro en la ahora conocida ciudad de Elko.

Curiosamente, el hombre de nombre Charles esperó años para regresar y apoyar su mano sobre mi corteza, solo que esa vez tenía bastón negro para hacer juego con su traje blanco que aun vestía como aquel día. Había perdido la fuerza, pero el rostro placido, seguro y sabio aún seguía allí.

 

 

Corazones y cuchillos

Era fines de 1941 y al principio no tenía idea de que sucedía en el mundo en ese entonces, pero el rostro de las personas denotaba un sentimiento bastante característico de los seres humanos. Ansiedad. Parecían nerviosos, distraídos y algo idos. Incluso las dominicales salidas al parque se habían vuelto monótonas y tristes, como si de alguna manera el ambiente se haya vuelto cargante y los malos augurios una norma común del día a día.

Poco a poco, los pequeños negocios habían desaparecido para dar lugar a las grandes fábricas, de las cuales salía un humo tan oscuro que en cuestión de horas cada mañana el cielo se ennegrecía y solo se despejaba cuando las lluvias – Todavía extrañas y poco comunes por ese entonces en la zona – entraban en escena, generando charcos de barro al costado de las calles ahora pavimentadas y en donde los automóviles, lo nuevo del siglo XX, circulaban de aquí para allá bajo el mando de solo aquellos que podían pagarlos.

Fueron años en donde más que nunca la disciplina cayó como puño de hierro sobre los más pequeños y los más jóvenes. De hecho no pude evitar notar como a veces miraban al cielo mientras caminaban como si estuvieran esperando algo fuera de lo normal, y allí es cuando sus rostros directamente producían una mueca de pánico vaya a saber dios porque.

Así transcurría todo, y la verdad ese contexto me ayudó a confirmar la fragilidad del corazón de los humanos. Claramente algo los molestaba, los alejaba de su anhelado estado de paz y nada parecía poder remediarlo más a todos les afectaba…

 

…A todos excepto a ellos

 

Una pareja de unas dos décadas y media como máximo fueron prácticamente lo único que se mantuvo al margen de esa extraña presión. La primera vez que los vi, fue en una de las esquinas del parque sentados bajo un cedro a pocos metros de una fuente que nunca tenia agua pero si figuras humanas con alas. Ella se encontraba con la cabeza apoyada sobre su hombro y los ojos cerrados, mientras que él veía a la nada misma como si estuviera pensando sin pensar he intentado disfrutar del momento, alejándose de todo lo negativo, de todo lo inexplicable, de todo lo humano.

La segunda vez estaban sentados en un banco blanco con apoyabrazos de metal pintados de verde. Esta vez él tenía la cabeza apoyada sobre sus muslos, seguramente no mirando al cielo sino a su mentón, y mientras uno de sus brazos estaba suelto el otro jugaba con su cabello. Ella solo dejaba la brisa correr por su rostro, y como la primera vez mantenía los ojos cerrados y una fina y autentica sonrisa.

La tercera ocasión fue cuando se acercaron hasta mí y se apoyaron sobre mi corteza. Ambos tenían los hombros a la misma altura, aunque con sus cuellos ligeramente desviados para mirarse periféricamente a la cara. Él de ojos oscuros, lo típico, pero ella de iris verdes como el del césped del parque o todo aquello que produzca belleza de ese color para los de su especie. Ambos eran distintos a los demás, sus momentos juntos eran pocos seguramente debido a sus responsabilidades, y sus vestimentas bastante roñosas hasta el punto en que atraían la mirada ajena. No importaba. Permanecían juntos, eso era lo importante, intercambiando amorosos gestos y románticas palabras.

Los días continuaron y sus encuentros también. Muchos de ellos bajo mis piñas, aprovechando la sombra que daba. Supongo que me elegían como su pequeño nido por la sensación de que al estar en el centro de la plaza se encontraban en el centro del mundo, libres de todo y soñando en que la vida para ellos en realidad era mucho más larga y sana de lo que la realidad imponía.

A pesar de la fortaleza de sus espíritus creo que el destino decidió imponerles múltiples pruebas, ya que la anteúltima vez que los vi fue en 1942 bajo una tenue llovizna y ni un alma alrededor salvo las nuestras. Ella tenía un cuchillo y un traje de enfermera, él un uniforme verde, boina y mochila. Se abrazaron, se besaron, se volvieron a abrazar y se volvieron a besar… Hasta que se despidieron.

Por mucho tiempo fue ignorante de cuál había sido su destino, no fue hasta los desfiles en las calles años posteriores que me enteré de lo que había sucedido y múltiples clavos dejaron de quedar sueltos en mi memoria. La décadas pasaron y la evolución de los hombres también, al igual que su extraña naturaleza de matarse entre ellos. El parque creció, conocí a muchos hermanos y primos que provenían de distintos lugares y eran plantados a mis cercanías. Más allá a la distancia, las casas y las fábricas habían sido reemplazadas por estructuras altas, muy altas, demasiado altas que nos tapaban el sol y escondían lo que sucedía puertas adentro debido a sus opacos cristales.

¿Y en cuanto a la pareja?, bueno cuando dije anteúltima claramente me refería a que hubo una ocasión mucho tiempo después en que los volví a ver. Esta vez fue en un día soleado y con risas por doquier en un ambiente donde reinaba el júbilo. Ella, ya con arrugas en el rostro, se acercó hasta una de mis ramas y apoyó su mano sobre un corazón con dos nombres que muchos años atrás había marcado en mi corteza.

 

James y Jenny

 

Él ya con bastón puso su mano sobre la de su amada, su única, su elegida, mientras el viento corría las lágrimas de sus rostros y volvían a besarse. No fueron la primera pareja que vi en mi vida, tampoco será la última, pero a decir verdad fue gracias a ellos que pude aprender sobre lo que ellos llaman “amor” y como puede relacionarse con otro curioso termino. Eternidad.

 

 

Aquella Mujer

La siguiente fue sin lugar a dudas la experiencia más bizarra, extraña, singular, desacostumbrada, e insólita de mi existencia. Ya en las últimas décadas del siglo y en donde las bocinas de los múltiples vehículos ensordecían el bello canto de las aves, el hombre se encontraba en el pico de su existencia. Donde antes contaba decenas, ahora podía contar cientos de ellos, mujeres y niños también, y curiosamente no solo eran muchos más sino que también estoy seguro que el tono de su voz había aumentado, y en todo momento parecían competir por quien era el que gritaba más alto.

Supongo que a ellos el bullicio de la ciudad también les afectaba, ya que como dije antes no solo eran esas máquinas sobre dos, cuatro o más ruedas y sus insoportables bocinas las que no permitían siquiera pensar, sino también taladros, grúas, silbatos y todo lo que compone el típico ambiente urbano. Si hay algo que siempre creí que caracterizaba a los humanos es su insoportable búsqueda de encontrar problemas donde no los hay y diagnosticar falsas recetas para ellos, de hecho creo que un hombre famoso alguna vez dijo algo así y lo llamo política. Eran maestros en destruir aquello que habían tardado tanto en levantar y reemplazarlo con construcciones generadas a partir de la más incoherente maquinación.

 

Y a pesar de que en el principio había sido un protegido, esas extrañas ideas de expansión no tardaron en alcanzarme

 

Una mañana de primavera, un grupo extenso de hombres y mujeres adultas con uniformes similares se acercaron hasta la plaza y comenzaron a recorrerla. Pero no para conocerla y disfrutarla buscando alejarse de los problemas cotidianos sino para otros motivos mucho más maquiavélicos. Comenzaron a sacarse de la manga – O del maletín – Todo tipo de instrumentos raros, como planos, metros, medidores y sus extremadamente adictivos celulares. Por lo general sus discusiones eran con muecas sonrientes y otras veces serias. Las semanas pasaron y siempre volvían, siempre con el mismo proceder siempre con los mismos objetivos, recorrer, inspeccionar, analizar, discutir, inspeccionar y recorrer. Antes de descubrir que estaba pasando pensé en muchas conjeturas, y lamentablemente la que más me convencía fue la que terminó siendo la correcta.

Al cabo de dos meses esas máquinas llegaron. Algunas tenían un brazo de metal enorme con una monumental bola de concreto en la punta, otros tenían el mismo brazo largo de metal pero con una pala gigante. Grúas, excavadoras, topadoras, cargadores, camiones y un ejército de hombres con cascos y palas de un metro ocuparon casi la totalidad de mi paisaje.

Poco a poco hicieron su trabajo, arrancando todo lo natural, todo lo vivo que me rodeaba. Necesito que imaginen como me sentí durante esos largos, muy largos, demasiado largos momentos. Retrocediendo un instante es importante que recuerden algo. Por algún motivo que nunca pude y tal vez nunca logre comprender, desde el origen de mi existencia soy capaz de entender lo que los humanos decían, al igual que entendía lo que mis hermanos con ramas, raíces, y pétalos comunicaban también. Incluso algunos mamíferos pequeños conversaban paulatinamente conmigo.

 

¿Lo entienden?

 

Durante varios días pude escuchar el sufrimiento de mis parientes y conocidos. Como ellos eran arrancados de la tierra y llevados vaya a saber dios donde. A pesar de todo no sentí demasiada impotencia, no soy viejo pero tampoco joven, desde que tengo memoria siempre estuve aquí, desde que tengo conciencia siempre lo entendí, el hecho de que nuestro destino no va más allá de envejecer y ver la vida abrirse paso, justo como lo estaba haciendo ahora.

Esperé a que llegara mi turno, con más paciencia que ansiedad e imaginándome como terminaría mí historia, si sería recordado y si fuera así, ¿Por quién?, ¿Quién daría lugar en su tiempo para hablar sobre mi figura, sobre mi creación? ¿El hombre del traje blanco? ¿Los jóvenes correspondidos románticamente? ¿Los zorros? ¿Acaso tenía miedo a morir? ¿A que literalmente me destierren y pase el final de mi tiempo bajo una pesadillesca agonía? No tenía demasiada esperanza, pero por suerte – Donde quiera que esta se encuentre – el destino no me dejó solo.

Cuando ya casi no quedaba nada más que un cuadro frio, gris y muerto a la vista, una mujer de unas tres décadas máximo con una pequeña panza de embarazada y lentes violetas se acercó hasta mí. Pero no estaba sola, a su lado había un hombre de su misma altura, y junto a éste una mujer, y junto a ésta otra mujer, y junto a ésta otro hombre, y así hasta que finalmente para mi asombro este grupo rocambolesco de personas voltearon y dirigieron su mirada hacia el triste paisaje y me rodearon formando un circulo tomándose de las manos.

Al principio no entendí que sucedía y me pregunté porque ese grupo de aproximadamente treinta jóvenes estaba haciendo eso. Comencé a exprimir mi razonamiento al máximo pero solo logré entender el significado de tal acto cuando horas después uno de los hombres de traje, gafas negras y celular en mano empezó a tener una discusión sumamente enérgica con esa mujer de lentes violetas. Puedo decir que aprendí mucho sobre qué términos o palabras los humanos consideran ofensivas con esa charla, pero además pude comprender que estaba pasando.

Estaba siendo protegido. Ese grupo de personas lo que buscaban al rodearme y tomarse de las manos era precisamente formar un escudo ante las horrendas maquinas que todo lo arrasaban, intentando proteger lo prácticamente único que quedaba en pie en el parque por ese entonces. Con el paso de los días, más personas fueron sumándose a su – O nuestra – Lucha, y mientras algunos reemplazaban a los ya cansados de estar parados y sujetados unos con el otros para descansar, otros venían con carteles de colores y mensajes cortos pero claros. “Ni un paso más”, “¿Cuándo es momento de abrir los ojos?”, “El verde es más importante que el gris” y así y así… Pero mi favorito sin dudas fue el siguiente.

 

Si los arboles hablaran el mundo se salvaría”

 

Con los días, las discusiones aumentaron pero la balanza comenzó a inclinarse. Mientras nuestro bando sumaba aliados de a decenas el de ellos se estancaba, viendo con cierta indignación como sus planes no podían llegar a concretarse. Porque no fui solo yo el afortunado, poco a poco donde aún el concreto no había tapado la sagrada tierra, este ya enorme grupo de locos humanos comenzó a plantar semillas, el más sagrado de todos los actos en mi opinión, ya que demostraban que no solo pensaban en el aquí y ahora sino también en el futuro y en aquellas generaciones que vendrían. Ellos vivían poco, nosotros mucho. Estaban plantando árboles que nunca llegarían a ver florecer.

Con las semanas, la lucha comenzó a brindar frutos. Pude notar con alegría como las maquinas habían desaparecido para luego regresar y para luego volver a irse. No sería fácil alcanzar el objetivo de salvar el parque o lo que quedaba de él, pero la experiencia que sumé durante aquellos meses acerca del genio y el carácter humano fue invaluable para mí. Una tarde, esa mujer embarazada comenzó a compartir sus pensamientos con algunas cámaras de televisión, no eran las primeras que había visto en mi vida pero si las primeras cuyo servidor era el foco de atención.

 

“Este árbol representa el paso del tiempo y la evolución de nuestra ciudad… Cuidarlo a él y a este parque hablará mucho del mundo que queremos dejarle al futuro”

 

Incluir a esta frase signos de admiración seria ser más fiel al tono de voz utilizado por esa mujer. Las personas iban y venían en su apoyo pero ella siempre se quedó conmigo, hambrienta y con las típicas expresiones corporales que denotaban cansancio en su cuerpo, buscando descansar los ojos cerrándolos paulatinamente y apoyando el peso de su cuerpo sobre una pierna para al cabo de un rato hacerlo con la otra.

Creo que este turbulento pero extraordinario capítulo de mi vida debe haber durado toda una estación, en donde no importó el clima, el contexto o las circunstancias, el carácter de estos bípedos por conseguir lo que querían demostró ser suficiente al final del camino. Al cabo de varios meses y en una tarde como cualquier otra, el auto más largo que he visto jamás se dio espacio a sí mismo a base de esos insoportables bocinazos y despachando a cualquier transeúnte ajeno o interesado en lo que estaba sucediendo.

Cuando finalmente se detuvo a mis cercanías, de dicho vehículo un hombre muy alto salió del asiento delantero y prosiguió a abrirle la puerta a otra figura. No supe hasta tiempo después – Como casi siempre me pasa – de quien se trató, pero ese hombre vestido de un familiar traje blanco y acompañado de al menos media docena de trajes negros avanzó hasta el circulo de personas que me rodeaba y dándose media vuelta hacia la multitud pronunció un largo y sorpresivo discurso.

Con esas palabras que salían de una voz grave pero amable quedó claro su aprecio hacia mis hermanos y a mí, asegurando que mi bienestar y mi legado – Cualquiera sea este – debían ser protegidos, y que las maquinas debían cesar con sus actos e infortunios.

Creo que lo demás no es importante que lo sepan, el punto estaba claro, y lo siguiente fueron clamores populares y un bullicio caracterizado de jolgorio, pero si al menos quiero dejar en claro lo siguiente. No siento realmente que les deba algo a los humanos, ya que en realidad ellos mismos fueron al principio los que hicieron que este lugar se volviera una escena del infierno para mí. Ellos son así, luchan constantemente entre los suyos como creyendo que la vida misma es una competencia. Pero si al menos puedo reconocer que si sigo en pie es gracias a dicha lucha, y que aunque aún no los entienda del todo a pesar de mi edad es justo que muestre mi respeto.

Y en cuento a la mujer embarazada, pues además de que obviamente celebró su triunfo cayendo rendida al suelo realmente no volví a verla hasta algunos años después. Ella estaba acompañada de su Romeo, sosteniendo un recién nacido en sus brazos y observando a través de sus originales y distintivas gafas como el paisaje estaba verdeciéndose… Una vez más.

 

 

Aquel hombre

Moviéndome muy lentamente estoy buscando refugio de una intensa, muy intensa, demasiada intensa lluvia. No pareciera que me importara mojarme, aunque ciertamente llego a sentir cierta sensación de incomodidad, sobre todo cuando el agua de mis cabellos corre por mi frente gira por mis pestañas y cae hasta mis ojos.

Finalmente, llego a un parque y allí encuentro un pequeño castillo, que durante algunas mañanas dominicales seguramente era conquistado por los más pequeños mientras fingían ser reyes, reinas y caballeros haciendo referencia al misterioso pero excitante periodo medieval. No importa, en ese momento era mi refugio, una simple construcción de madera y un metro de altura con forma de caparazón de tortuga. Allí, me acuesto sobre la tierra mezclada con arena, apoyo mis cansados pies sobre mis escasas e inservibles pertenecías y busco conciliar el sueño cerrando los ojos. No hay pasado, no hay presente, no hay futuro.

 

Solo hay realidad

 

Al paso de los minutos y al no poder caer en los brazos de Morfeo, las imágenes empiezan a iluminar el negro que me rodea, y allí veo con impotencia toda la película. Todo lo que había padecido hacia tan solo horas antes. Mi edad no es importante, tampoco de dónde vengo ni como me llamo. Soy solo un hombre, escondido y resguardado de la lluvia.

 

 

Tengo familia o mejor dicho deseaba tenerla, ya que concretar el sueño de tener un hijo nunca es fácil, pero más aún si la relación con la que sería la madre no es la mejor. Solo somos ella y yo en una casa muy grande costeada por mis suegros, los cuales nunca o prácticamente nunca me dieron su aprobación. La conocí en una tertulia, una reunión informal en la que mis amigos y yo buscábamos complacer los deseos de apuestas señoritas que necesitaban alejarse de la rectitud paternal y los múltiples problemas que a veces conlleva pertenecer al mal llamado sexo débil.

Allí fue donde la conocí. A cambio de no darles mi nombre les daré el de ella. Alyn. De una belleza envidiable y con un cabello suelto color fuego atrajo rápidamente mi mirada al igual que las de mis compañeros. Jamás supe porque mi amor por ella fue correspondido. No poseía una cualidad concreta y destacable, mi físico tampoco predominaba o imponía. Solo tenía mis creencias, mis palabras y mi escasa sabiduría, la suficiente como para apostar a la gran vida, o al menos eso creí.

Nos casamos al cumplir un año juntos y sin aprobación alguna de su padre, pero por fortuna los encantos de su hija fueron suficientes como para asentir con la cabeza y darnos por única vez en su vida el visto bueno, con la condición de que él mismo seria el que costaría la propiedad y que ésta se encontraría indiscutiblemente en las cercanías del terreno donde él y su esposa, mi suegra, vivían.

Así, la convivencia bajo un mismo techo inició y las cosas fueron de mejor a peor mucho más rápido de lo que pensé, ya que en el fondo creo que siempre supe que no éramos almas gemelas, si es que eso existe. Las cenas pasaron de ser joviales e interactivas a frías y calladas. Los recibimientos hogareños hacia mi persona de amorosos a indiferentes, y las noches a su lado en la cama pasaron de apasionadas a totalmente incomodas y nerviosas.

Algunas tardes en vez de volver a casa buscaba los brazos de mi madre y sus consejos. Mi padre había fallecido cuando yo ni siquiera era mayor de edad, por lo que la mujer que me trajo a este mundo fue siempre la persona que me dio fuerzas cuando no las tenía o no las encontraba. Creo que olvide decirles que durante todo ese tiempo había logrado conseguir empleo en una oficina de correos, donde la paga no era nada del otro mundo pero alcanzaba para soportar la hipotética llegada de un infante a nuestras vidas.

Pues bien. El tiempo paso y nuestros intentos por tener un hijo fueron apagándose como nuestra relación, busqué e investigué como podía revertir esta triste situación que me atormentaba. Cenas románticas, pequeños paseos por parques, regalos humildes pero honestos… Siento que hice todo lo posible, que luche hasta el final, y hasta creo que Alyn también luchó para que nuestra relación se mantenga viva. Pero no pudo ser.

Ya no era lo mismo, todo se veía gris cuando antes era color rosa, y una dulce pero finalmente triste soledad llegó hasta lo más profundo de mí ser, de mi alma, el día en que finalmente ella decidió poner fin a nuestra relación.

 

Y lamentablemente, lo hizo de la peor forma posible

 

Sonará cliché para ustedes escuchar cómo fue que se cortó nuestro fino hilo rojo. Entrando una noche cualquiera en mi hogar, caminé despacio por el pórtico y busqué las llaves en mi bolsillo izquierdo. En ese momento noté con cierta melancolía que las luces de la cocina que daban al enorme y hermoso ventanal de la entrada estaban apagadas, recordando como en los mejores días siempre estaban prendidas, y con ella allí esperándome para cenar.

Entré despacio, como si mi mente me estuviera pidiendo que guarde cuidado ante algún hipotético mal. Las luces continuaron apagadas, esta vez mi instinto fue el que me habló y me sugirió que no haga nada, ni el más mínimo ruido, y que solo suba por las escaleras hasta mi habitación.

Así lo hice y así los vi. Dar detalles hace que mi corazón de un vuelco. Nose como puedo describirles la escena, tal vez oralmente sea más fácil, menos gráfico, ya que por escrito no solo considero no estar haciendo justicia a la traición sino que tampoco siento estar transmitiéndoles la magnitud del dolor en sí mismo.

Lo más curioso, es que aquel con quien ella estaba se trataba de alguien a quien jamás consideré como superior a mí en cualquier aspecto socialmente atractivo. Había estado con nosotros en la tertulia aquella noche, y fue por lejos el que menos interactuó, además ciertamente sus bolsillos no eran pesados y su rostro tampoco reflejaba demasiada confianza. No quise sacar más conclusiones, ya no era necesario. Salí de mi ex hogar con el mismo cuidado con el que ingresé y deje mi mente en blanco. Cuando lo hice, levanté la mirada y una gota cayó en mi ojo derecho, el cielo comenzó a caerse… Y yo actué de forma excepcionalmente indiferente al castigo del cual había sido víctima.

Camine y camine, ¿Por cuánto tiempo? Por horas creo yo, hasta que llegué al parque y al castillo. Estaba resguardado bajo techo pero mojado, el agua sobre mi cuerpo y el frio corriendo por mis venas ya estaba empezando a molestarme y a dolerme. Cuando me di cuenta que era imposible dormir, decidí resignado y extenuado continuar mi viaje sin destino alguno. Por un momento pensé en que tal vez el motivo de ejecutar semejante caminata sin sentido era para llamar la atención, para que algún ser, quien sea, se dé cuenta de mi pesar y me extienda la mano apiadándose de mí… Pero no fue hasta que mis pies comenzaron a gritar de dolor que de pronto lo vi, allí solo en medio de la nada, de casi mi misma altura si acaso apenas más alto y con un tronco delgado.

 

Era un árbol

 

Un árbol muy joven, parecía plantado hacia no mucho tiempo, aunque por su tamaño era fácil deducir eso. Observé a mi izquierda y luego a mi derecha para posteriormente mirar hacia atrás y solo ver mis huellas. No había nada alrededor, nada importante, comienzo a preguntarme casi de manera exasperante cuanto tiempo debo haber caminado sin rumbo, y encuentro la respuesta en mis zapatos y mis medias, manchadas con sangre mezclada con tierra.

Me siento justo enfrente de él y lo observo detalladamente, a cada una de sus partes, y hasta en cierto punto me doy cuenta que lo envidio. Comienzo a reflexionar y a imaginarme como debe ser su día a día, como debe ser su existencia. Al cabo de unos minutos observo que la lluvia ha bajado su intensidad y empiezo a sacar conclusiones sobre aquella creación de la naturaleza frente a mí.

 

“Debes tener mucha paz”

 

Es lo que imagino, es lo que pienso, y comienzo a fantasear con la idea de huir pero no de su lado sino de este mundo cansino e injusto, en donde no se compensa el honor y la dignidad sino la trampa y la traición. Finalmente comienzo a toser, cada vez de forma más consecutiva y menos pausada. Me duele, me cuesta encontrar aire y la saliva empieza a combinarse con la sangre.

¿Me habré enfermado? Es lo que me pregunto. Busco una salida, busco aferrarme a la vida por muy odiosa que esta sea. Finalmente, decido acercarme hasta el pequeño árbol y lo abrazo como puedo, como si de alguna manera le estuviera suplicando auxilio, como si de alguna manera le estuviera pidiendo que me libere de este dolor y de todos aquellos males y preocupaciones que forman mi ser… Hasta que me duermo.

A la mañana siguiente abro los ojos y una luz muy fuerte me ciega. Es el sol, el padre de todos nosotros. Nose donde estoy, no hay nada aquí y ya no siento nada familiar en mí. Todo me resulta extraño, no puedo moverme y casi no puedo sentir. Miro a mi izquierda y luego a mi derecha, me doy cuenta que mi altura ya no es la misma, ahora puedo observar con detenimiento y sumo detalle el lejano horizonte frente a mí. Los ojos me pesan, me duelen, busco masajearlos un poco, pero donde antes había brazos ahora no hay nada, o más bien si hay… Ramas, y cada una de ellas tan inmóvil como mis piernas o mejor dicho mis raíces.

No entiendo que pasó, no entiendo que sucedió o más bien que está pasando ¿Habré enloquecido? ¿Habré muerto?, las preguntas van pero las respuestas no llegan, hasta que de pronto, una luz muy fuerte aparece ante mí y todo se desvanece.

 

 

Lo que acabo de contarles es mi sueño, aquel que ha estado conmigo en el baúl de mis recuerdos desde siempre. Nose que significará, a veces me gusta pensar lo obvio, que es que fui un hombre en alguna vida pasada, pero dicho final para un cuento es muy triste, así que decido mejor pensar que ese hombre fue encontrado junto a mí hace siglos cuando yo apenas era un recién nacido, sanado de sus malestares y penurias, y cuidado poco a poco, día a día, hasta que finalmente crezca y madure… Como un pino, como un árbol.

 

 

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